Tuesday, December 29, 2015

Al que le hablo en las noches

Partamos de que siempre estuviste en deuda conmigo y que, cuando ya iba a condonarte, se te ocurrió la genial idea de enfermarte y de morirte. Lo peor es que ni siquiera eso te puedo reclamar: para que vivieras perdido, sufriendo cuando te dabas cuenta de que te ibas del mundo, mejor que la muerte no fuese una estación tan lejana. De todos modos, además, vida no te faltó. Viviste la de unos cuantos en la tuya propia. Y eso es común decir de todos los que te conocieron. Se me hace preciso preguntarte, padre: era verdad que empezabas a creer en “algo” algunas semanas o meses antes de morir? Hace la vejez que sea más cómodo sucumbir a nuestra necesidad de tener fe? Da la vejez la sabiduría de aceptar que, sí, hay un orden que ha planeado toda esta locura de vida y de planeta que nos aguanta? Yo veo por primera vez la muerte a larga distancia, me toca, ya tengo 44, y siento más bien que estoy en la mitad del desierto. Que el pasado no es más que un símbolo preñado de emociones y el futuro un montón de camino sacrificado. Me lleva el escepticismo. Hoy más que nunca pienso que lo único que vale es el presente. Disfrutar de la mirada prístina de tu hijo. Estremecerse ante el gesto noble e inesperado de un desconocido. Querer sin razones. Me pregunto qué dirías. Me lo pregunto a diario. Todas las noches, o casi todas las noches, me despierto a eso de las 3 de la mañana y tengo un breve diálogo contigo en la oscuridad. Eso que le pasa a la gente, que la cara se va borrando, que la presencia desvanece, no me pasa a mi. Te extraño, sí, y me entristece a veces. No poder llamarte para decir, papá, qué haces esta noche, en qué tasca nos vemos. Es toda una ausencia. Pero no es eso lo que más comúnmente siento. Desde que moriste tengo una sensación rara. La cuento y se multiplican los interlocutores que le dan una explicación psicológica, una lógica de autoayuda, la convierten en palmadita de alivio, qué lindo que es este chico, qué conmovedor es el amor. Yo siento, siento de sentir, de llevar adentro, como una certeza, que la herencia de las misiones de tu vida fueron traspasadas a mi. Que me pasaste la batuta. Que a mi me toca seguir la fase siguiente a la que tú completaste. Y lo explico y lo digo sin que me parezca necesariamente hermoso. Por el contrario, es aterrador. Tú fuiste guerrillero, mujeriego, padrote, profesor, workaholic, bebedor sempiterno, ávido infinito de información y aprendizaje, insoslayablemente sencillo, modesto, adusto. Generoso hasta más no poder. Ni de lejos podría yo calzar los zapatos tuyos. Pero en mi fuero interior eso es lo que siento. Tengo un amigo que siempre que tiene un problema recuerda a su padre, “haga lo que aconseje la prudencia”, dice citándolo. Y a mi me parece de terror que un padre siempre impulse a su hijo a cuidarse. Pero es hermoso que su hijo lo recuerde para seguir sus pasos. A mi, en cambio, me parece que te llevo conmigo. Más que responder a tus dudas, intuyo lo que tú harías. Incluso aunque no lo hayas hecho mientras vivías. Por una parte, porque las circunstancias de tu vida no necesariamente te dejaron siempre ser plenamente quien fuiste. Y en segundo lugar porque yo no pude ser testigo de buena parte de tu vida. Me la perdí, no estabas, te habías ido. Agradezco profundamente que nunca te hubiesen maldicho en mi presencia, porque eso permitió que cuando volviera a encontrarte, aunque fueses una suerte de desconocido, no había en mi rencor, sino ganas de demostrarte que yo era un hombre aunque no fuera producto de tu crianza. O, más bien, incluso por eso. Recuerdo esa tarde, cuando yo tenía 15 años, que me viniste a buscar y nos fuimos a tomar cervezas, aunque nos habíamos visto unas tres o cuatro veces en los últimos seis años. Yo me hice el consabido, te busqué conversación y empecé a conocerte. Eras tímido y yo no lo sabía. Eras parco antes del segundo trago. Pero era tremendamente agradable estar en tu compañía. El final de esa tarde fue un desastre. Pero fue el inicio de una rara amistad. Una amistad en la que el padre trataba a su hijo como a un hombre, y el hijo trataba al padre como a su mejor amigo. Quizás por eso conocí de ti, con todo y lo que me perdí en la primera parte de tu vida y la mía, un ángulo que no todos los hijos conocen de sus progenitores. Tus falencias. Tus pasiones inocultables. Tus sensibilidades. Tus talentos. Tu nocturnidad. Tu música. Tus frustraciones. Tus amores. Conocí de mi padre a un padre que no quería pretender ser un héroe para su hijo como somos todos los padres mortales. Es a ese al que le hablo. Todas las noches. O casi todas las noches. A eso de las tres de la mañana. Como si fuera yo mismo.

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