Wednesday, January 6, 2016

Sin sueños

El mundo es cabrón, papá. La valentía que tuviste para meterte en una montaña, luchar contra la dictadura, aguantar torturas sin hablar y terminar prestando todos tus conocimientos a una revolución de la que después no podías creer que estuviera llena de ladrones, se ve muy poco. Cada vez menos. Este planeta está cada vez más lleno de humanos que se aceptan como son. Tentados, inescrupulosos, primitivos. Los ciudadanos se entregan a las leyes, las normas, los usos, para que hagan por ellos lo que debería depender de su conciencia. Hay candidatos presidenciales que confiesan con desparpajo que usan las leyes para enriquecerse. Mafiosos que violan la ley y la naturaleza de un gobierno para hacer su voluntad, atropellando la libertad de su prójimo. La Historia toda se burla ya de aquel hombre nuevo que tú y millones enarbolaron. En su nombre, se asesinó, se acalló, se robó, se mintió. Decenas de países tuvieron tapeada una era con el subterfugio. Pero esa creencia no ha sido sustituida. La idea de transformarnos en una especie mejor no mutó en una nueva creencia, en una nueva legión, en un nuevo sueño. Los seres humanos ya no soñamos con hacer de la especie una versión inédita. A contraprestación, la honestidad nos permite movernos en el mundo de lo posible. Nos engañamos menos, hay menos charlatanes. Los hay, pero tienen menos espacios. Aquel escapismo mágico que nos inspiraba a dar la vida por un ideal, ha dejado de existir. Los soñadores de hoy, a veces, son mequetrefes que aprendieron a encender en los demás una utopía hueca, llena de resentimientos, con ideas militaristas, socialistas, primitivas y resentidas al mismo tiempo. Otros, eficientes y pragmáticos, han sido capaces de mejorar el mundo desde sus centros de poder con valores específicos: luchando contra el racismo y por la justicia social, en la medida en la que sus mercados y sociedades se lo permiten. De pronto me doy cuenta de lo duro que debió ser el mundo para ti en los últimos años al ver que aquella idea de la revolución, ese sueño que un día permitiría que todo fuera distinto, se fuese eclipsando. En estos tiempos, los optimistas son lo más cercano a un soñador. No reconocer nuestras limitaciones es de tontos. Pero es también un duelo, infantil quizás, pero duelo al fin. Es una sociedad que ha dejado de ser infante. O, para ser menos romántico, un mundo que se ha quedado sin religión política. En el mundo en el que vivimos el trabajo no es ya la herramienta de un poderoso para hacerse rico. Entendimos que todos somos parte del mercado, y que la pobreza no es superable sin oferta y demanda. Sólo desde allí es posible luchar por tus derechos. Y por los derechos de los que están en desventaja, pueden nacer en desventaja, o la vida en una circunstancia los jode. Pero el discurso según el cual una visión redentora salvaba a los desposeídos del mundo, se venció. Simple y llanamente porque eso limitaba las responsabilidades y capacidades de los individuos respecto a su propio destino, y terminaba dándole a los redentores un poder sobre sus seguidores, tan o más ignominioso que los del capital sin legalidad. Total que nos hemos ido quedando sin absolutos. Ya casi no hay verdades totalizantes. Incluso las conclusiones más básicas de Marx están cuestionadas. Si pudiera invitarte hoy a tomarnos una cerveza te preguntaría qué vamos a hacer ahora con tanta ausencia de Dios. Tú al menos tuviste la experiencia de vivir una etapa en la que dar la vida valía. Y, lo mejor, lo hiciste. Yo, en cambio, crecí teniendo nostalgia de aquella (y mejor, no sé si tenía la valentía), y ahora que entiendo un poco más el momento del mundo en el que me ha tocado vivir, me parece todo tan plano. Hay belleza, sí. La simplicidad tiene su encanto. Pero es muy difícil sustituir la emoción de apostarle la vida a lo desconocido. Luchar por un misterio que suponemos bueno… Mientras te hablo casi siento que los niveles de creencia tenían tan poco sustento en la realidad que podemos describirlo dentro de un capítulo de la sociopatía. Y parece humoroso, pero… tú sabes cuánto de tu vida sacrificaste por hacer que el mundo fuera mejor, papá? De seguro desde fuera no puede saberse todo lo que debes haber sentido al elegir lo que elegiste. Pero sí se adivinan las posesiones más naturales de un hombre sin las que te quedaste: el amor, el hogar, tus hijos. Después de la caída de Berlín, muchos piensan que millones de vidas se perdieron tratando de construir un hombre nuevo que jamás llegó y que, por el contrario, edificaron regímenes tan o más monstruosos que el mundo contra el cual luchaban. Pero yo no estoy de acuerdo. Cada vez que decidimos hacer justicia por el bien del prójimo, o pasar un momento desagradable para decir una verdad que necesita ser dicha… cada vez que nos arriesgamos a perder el trabajo para opinar por un asunto ético… cada vez que estamos en desacuerdo porque lo que se ha decidido atropella a un individuo, el mundo mejora, se tuerce un poquito, le agregamos opciones a quien sólo ve una que daña alguien. Mucho de eso se quedó. Estaba en esta idea revolucionaria de vivir para que otros estuvieran mejor. Una idea que ustedes trajeron a la civilización sin que dependiera de un Dios redentor. Era la vida para hacerle la vida mejor a los demás, sin esperar un premio después de la vida. Recuerdo el día que me dedicaste tu libro sobre la historia de la radio en Venezuela. Con la seguridad, decía, de que en estas líneas encontrarás un esfuerzo por hacer un mundo mejor.

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