Diálogos en la oscuridad
Tuesday, March 8, 2016
Te voy contando
-Papá, estás ahí?
-Yo siempre estoy aquí.
-Se murió Héctor.
-Ése era un jodedor.
-No se despidió, fue de repente.
-Así son los jodedores.
-Ah pues, me vas a vacilar?
-Algún problema?
-Dicen que la manera en que morimos determina en mucho la estampa que dejamos en los que quedan vivos.
-También decían que el sol giraba alrededor de la Tierra.
-No crees en nada.
-En nada que sea cómodo en el momento y después sea difícil de quitarse.
-Después de morirnos vamos a encontrarnos?
-Ya lo sabrás por ti mismo.
-Supongo que a ti menos que a nadie te voy a arrebatar una certeza.
-A ti menos que a nadie te daría una que te limitara de vivir.
-Libertad a cualquier costo?
-Eso lo decides tú. Hay gente presa y feliz.
-Me queda menos de la mitad de la vida.
-Pa' mañana es tarde.
-Bueno, sigo entonces.
-Me cuentas.
Saturday, February 27, 2016
Cocinar y cantar
Que los Beatles eran unos piratas. Así mismo lo dijiste. Que se habían pasado 3 meses en la India y habían venido a grabar un disco con acordes de aquella cultura, cuando había músicos que pasaba años, décadas, tratando de entender la armonía, la lógica melódica y el ritmo de por allá, que era histórica y culturalmente distinto al nuestro.
Tenías el saco atado a tu cuerpo sólo por los hombros, sin los brazos metidos en las mangas, como solías estar, casi como un malabarista, durante tus años de professor, que fueron muchos. Y yo, que había quedado como tu alumno aquel semestre, el sexto, lo recuerdo clarito, ese día no pude hacer silencio, rompí mi voto de “no intervenir y pasar inadvertido” en aquella clase.
“Tampoco así, papá”, dije sin que pudiera evitarlo, y la clase entera echo a reírse. Aquella clase era nominalmente de radio, pero en realidad era una invitación a estudiar y a vivir. Una invitación íntima, porque tú nunca fuiste de mítines escandalosos. Así lograste que muchos alumnos se te acercaran, y que los que hacían sintonía contigo, guardaran una relación cercana, te vieran mucho más, contaran contigo.
De cómo convertir el conocimiento en un entendimiento de la vida, era tu forma de ser académico. Y la música. Siempre te acompañaba la música. En tus anécdotas, en tus ejemplos, en tus citas, en tus parrandas, y en tu propia ejecución: cualquiera reconocía tu virtuosismo en el cuatro.
Todavía me asombra que disfrutaras tanto de música y supieras tanto de su historia, teniendo casi ningún contacto con autores o géneros anglos o pop. El universo de la música hispana, folclórica, indígena, criolla, en todos sus géneros, con todas sus historias era un relato infinito cuando te sumergías en él. Improvisabas, interpretabas, seguías, inventabas. Sólo te hacía falta tu cuatro, y un ron.
Conocías también de historia musical de la India, africana y académica. Era cómodo para ti hablar de Bach o versar sobre ópera. Curiosamente, si era en inglés, no te interesaba.
Además del tema ideológico, que no era explícito, el tema era la comodidad. Nunca te sentiste cómodo en la ostentosidad de la cultura anglófona. Y para ti la vida era como un sofá, a veces injusto o doloroso, pero siempre debía ser un terreno en el que se pudiera andar de mangas de camisa.
Por eso lo mismo tocabas y cantabas como cocinabas. Cocinar te fue dado. Tu conocimiento por los alimentos te hacía mezclarlo como si fueran experimentos químicos y los resultados siempre eran fantásticos.
Era un espectáculo verte cocinar, siempre vestido, con un cigarrillo prendido esperando en la comisura de los labios, con un vaso de ron cerca y conversa, siembre mucha y buena conversa.
En la medida en que pasa los años más trato de que la vida, sea donde sea que uno estés, se convierta en eso, en una sala, en una cocina, en un sofá. Ya suficientemente extraño es vivir como para no vivirlo debidamente atemperado. Estás de acuerdo?
Monday, February 15, 2016
El precio de la libertad
Qué habrá de cierto en que seguir es empezar y empezar, a su vez, es seguir? Los americanos postulan una verdad que les hace flexible su sociedad: every day is a new start, dicen. Como si siempre, realmente, el pasado pudiera quedar atrás.
A mí me parece muy afortunado que toda una cultura pueda vivir con un principio que la libere de culpas día a día, y que nadie se sienta eternamente condenado. Eso tiene que ver con el espíritu de libertad de este país, con su convicción de que todo puede transformarse, de que nada es inamovible. Con su origen, literal y figurado, protestante.
Con el pasar de los años, sin embargo, me pregunto si tal cosa es posible. Las heridas, los premios, las comodidades, los estímulos, las ausencias, los abandonos, el amor que recibimos hacen de nuestra mirada al mundo un alma que se acopla a la horma del zapato que le tocó. Su historia. Que tiene a la vez el encanto de tener su propio perfume y representa una cárcel no elegida.
Luego, el espíritu mismo del alma libre se pasa la vida luchando para sanar las heridas, escoger los caminos que le son propios, y fortalecer lo que intuye es para lo que vino a existir a este mundo.
Intuyo por tu vida que el espíritu nace y muere libre. Que nada lo frena a uno si uno no lo decide. Que el desprendimiento es una forma de vivir. Imagino tu respuesta silente. Un “te invito a que lo descubras, no soy quién para profesar verdades”.
Eras tan libre que pontificar no estaba en ti. Te amarraban tanto las reglas ajenas como dictarle tú a nadie ninguna.
Quizás por eso, aunque tú no les retuvieras, miles y miles de personas se acercaron a ti en tu vida: porque mostrarse frente a ti no significaba ninguna amenaza.
Cuando tú moriste me juré que nunca iba a dejar de vivir como tú en ese sentido. Aunque yo soy mucho más conservador y mucho menos temerario que tú, vivir la vida que nos toca es, al menos, la obligación que nos toca. Seguir tu intuición, prestarle atención a los deseos profundos y hacerlos norte, usar tus convicciones en cada momento.
Ser inflexible en ser flexible. Defender firmemente la libertad propia y la de los demás. Incluso mostrarle a los demás que su libertad está ahí para que la tomen, y, con ella, asuman sus responsabilidades y dejen de responsabilizar en su totalidad a otros del destino que les depara.
Qué curioso eras, papá. Fuiste una persona absolutamente hecha por ti misma. Te hiciste tu camino. Estudiaste sin cesar. Trabajaste sin cesar. Diste la vida por una causa. Amaste profundamente cada vez. Y nunca pediste nada a cambio. Nunca esperaste nada de los demás.
Me imagino que, por muy libertario y heroico que suene, en momentos debe haber sido muy duro. De hecho, me consta. Pocos te vimos en momentos oscuros como te vi yo. Pero la verdad sea dicha, fueron tan contados momentos que imagino que la gran mayoría de ellos los pasaste tú contigo, sin dejar notar un suspiro.
Es el precio de la liberad que tú decidiste. Con convicción. Con sus consecuencias. Viviste sin dolerle a nadie, como decía Víctor Valera Mora. Nunca preocupado por tener afuera.
Tuesday, February 9, 2016
Legados
Lo tengo presente como si me lo hubiese leído ayer: en el libro “La montaña es algo más que una inmensa estepa verde”, que me regalaste durante aquellos años en los que yo no desperdiciaba oportunidad para preguntarte por tus años en la guerrilla, había un pasaje (es un libro pesado como la experiencia pero su testimonio es tan valorado que ha trascendido generaciones) en el que su protagonista de pronto confesaba cómo, cuando pasaban semanas y él y sus compañeros estaban recluidos en un monte lejano de Nicaragua, en una montaña o en un territorio perdido -en el que a veces también estaban perdidos ellos-, esperando provisiones o refuerzos, el tiempo se hacía de una relatividad enorme.
Los guerrilleros perdían la noción del impacto de lo que hacían. El para qué se esfumaba en aquellos campos baldíos de vida urbana, en el que Marx y la lucha de clases parecían una especie alienígena.
Había algo de sabiduría en aquella duda revolucionaria, que para cualquier estalinista habría sido suficiente para un fusilamiento. Las verdades se diluyen. Las significaciones no tienen el mismo valor aquí o allá.
Te tengo una noticia, padre: no habrá revolución. Hubo unos hombres que se montaron en el poder decretando que eran revolucionarios y que su forma de mandar era revolucionaria. Pero revolución no hubo. No la hubo en Venezuela, ni en Cuba, ni en Nicaragua, ni en Rusia, ni en Checoeslovaquia, ni en Yugoslavia, ni en Chile: no hay hombre nuevo, no podemos regenerarnos por decreto, el hombre no es un asunto de voluntad.
Y te lo cuento con tristeza, y a la vez te lo digo con alivio. Es un camino por el que no tenemos que buscar más. No se trata de que los hombres que lleguen al poder sean honestos, ni de que la población del país en el que se instaure una revolución sea decente o educada. No es tema de geografías, culturas, idiomas o historias. Es la condición humana, que es indómita, y no se deja imponer eternamente patrones que no les sean orgánicos.
Las sociedades pueden mejorarse, claro que sí. Si no hubiese sido por ustedes, los hombres que durante todo el siglo XIX y XX se levantaron pidiendo que además del “progreso”, la prosperidad y la innovación, se considerara al ser humano y su condición, a veces desventajosa, a veces injusta, a veces frágil, el planeta sería aún más selvático de lo que ya es.
Con el arte de sobrevivir, que es lo que nos sigue liderando, puede acompañaros el bien de la solidaridad, la compasión del Estado, la igualación de las condiciones mínimas. Que si los humanos vinimos a competir, al menos no sean solo algunos quienes tienen las manos atadas.
Valió mucho entenderlo. Costó heridas, vidas, errores, choques, distrofias culturales. Aún en Estados Unidos algunos piensan que construir un sistema de salud disponible para todos en un disparate, imagínate.
Pero vamos progresando. Ya nadie pone en duda que pasar hambre está mal y que la educación debe ser para todos. Cuando tú naciste el orbe era así de miope. Así que te lo debemos. A ti y a millones como tú, que dieron su vida por un mundo mejor.
Por cada tortura a la que te sometiste sin soltar prenda. Por cada uña del pie extraída. Por cada corrientazo de electricidad. Por cada paliza. Por cada pensamiento en nombre de la libertad. Por cada apuesta por el conocimiento. Por cada vez que te levantaste en contra de la dictadura. Y por cada vez que te preguntaste en el monte qué hacías ahí, en esa dimensión desconocida del espacio y el tiempo, no menor que tus años de cárcel.
No amaneceremos un día y veremos al ser humano con valores enteramente cartesianos, como si se tratara de una nueva especie. No había una gran conspiración propulsando que fuéramos tontos útiles. Pero sí podemos tener todos herramientas para luchar por un mundo más justo. Ustedes nos han legado el derecho a procurar que nosotros y nuestro prójimo ganemos lo que merecemos, seamos tratados con respeto, entre todos aportemos para darle educación a nuestros hijos, limitemos la violencia, pongamos linderos al poder.
La ciudadanía, este concepto fantástico que viene del mundo liberal y de los valores de la izquierda tradicional, hace coincidir en los hombres sus mayores y mejores fuerzas libres e individuales con los valores y la conciencia más amplia de que forma parte de un colectivo al que se debe y el que no le debe ser indiferente.
Creo que ahora te estoy durmiendo yo a ti. Así que me vuelvo a acostar. Gracias de todos modos por lo que me dejaste.
Tuesday, February 2, 2016
Aunque no se vea nada
Apaga la vela. Apaga la vela. Me lo dijiste dos veces y me desperté. Fue como un zumbido. Una invitación paciente. Con un tono de "cuántas veces te lo he dicho". Con voz de confiado. Y yo siento un "todo va a estar bien, no hay mayor cosa de qué preocuparse". Me dijiste "apaga la vela" y me desperté del sueño, y entendí, como en una inmediata epifanía "no tengas miedo". Aunque no se vea nada no hay de qué asustarse. La incertidumbre es natural. Nunca se sabe qué va a pasar. Pero no hay por qué tener miedo.
Tuesday, January 26, 2016
Agnóstico
Hoy le expliqué a Matías que tú te habías convertido en cenizas, y que tus cenizas estaban muy bien guardadas con una mujer que te amó infinitamente. Pero que, en realidad tú no estabas ahí porque tú no eras tu cuerpo.
Comencé a explicarle esta extraña relación que quedó en mi y que, supongo, especulo, empíricamente, yo, que nos queda a todos los que despedimos a seres entrañablemente queridos.
Que tú has quedado en mi de una forma que no es material y que es inexplicable. Y que en tu nombre a veces decido cosas, discuto conmigo mismo o emprendo un camino y no otro. El amor que nos profesamos como padre e hijo sigue dando frutos en el plano terrenal, está vivo.
Le explique que yo creía que eso era el amor. Una fuerza inexplicable, que atraía y sembraba cosas, que habitaba dentro de nosotros y hacía que compartiéramos espacios. Y que estaba en las parejas, en los amigos, en las familias, en los hermanos. Que se sentía amor por los animales, por las maestras y maestros, por seres que no conocíamos, por sus ideas, por sueños, por la huella que deja cada día.
Le expliqué que el amor nos hace felices. Y que era fácil reconocerlo cada día, en la carcajada con un compinche, en la satisfacción por una tarea hecha, en la euforia de un gol, en la compasión por alguien necesitado.
Y que la razón por la cual sentíamos amor era un misterio, pero que es definitivamente la fuerza que mueve al mundo todos los días.
Y que por eso, yo, no soy ateo sino agnóstico. Porque no reconozco en el mundo objetivo la presencia comprobable de un Dios que nos haya creado ni que nos observe, mucho menos de dimensiones posteriores a la vida terrenal que funcionen como premio o castigo, pero tampoco puedo ejercer la soberbia de desconocer que la vida y sus móviles son un misterio que experimentamos a diario, y que la lógica de esta dinámica nos es, simplemente, inaprehensible.
Así que, así como también nos genera incertidumbre, también puede ser feliz aprender a vivir con el misterio de la vida.
Sé que un marxista jamás le habría enseñado eso a su hijo. Un marxista debe ser escéptico, porque la esperanza supone o suponía un recurso tramposo usado desde el poder, elegido por Dios en tiempos pre-capitalistas.
Pero, más allá de que yo no sea marxista (que en algunas cosas lo sigo siendo), la verdad es que matar el misterio como consecuencia de nuestra lucha con el ilusionismo desde el poder es una diatriba que termina siendo falaz. Destruir una duda para protegernos de un peligro es cambiar una religión por otra, una pseudo verdad por otra pseudo verdad. No crees?
Tuesday, January 19, 2016
Cuentas
Una pregunta, papá: alguna vez, en tus últimos días, semanas, meses, te preguntaste si había valido la pena haber vivido? Nacer, crecer, hacer ese montón de vainas que tú hiciste, amar, tener muchachos, mudarse, luchar, enseñar, trabajar como loco, rumbear… valió la pena? Vale la pena la existencia cuando se mira hacia atrás estando en las últimas? Cómo se siente? Depende de la mirada? Te pareció que tenía sentido pasar por los sufrimientos y las tristezas? Lo que el espíritu alcanza, al final, en esos últimos balcones de la vida, es real? O es un invento del hombre para darle algún sentido a sus días?
Algún día hiciste o te propusiste hacer un balance?
Tengo que confesarte que yo, a mis escuálidos 44 años, a veces lo hago. No sé si es que lo necesito para darme fuerzas, si es una manera de reorganizar mis prioridades o un sincero ejercicio por hacer esfuerzos por lo que realmente vale la pena.
Y los resultados son sorprendentes.
De seguro si estuvieses vivo te los comentaría. Lástima que no envejecimos al tiempo.
He hecho apuestas fantásticas, dichosas, hermosas, llenas de ventura, duraderas en el tiempo. A pesar del enorme sufrimiento que ha significado dejarlas atrás, no me he arrepentido: si no eres feliz, parte. Aunque se diga rápido y se padezca a fuego lento.
Hay una historia que agradezco como la que más. Me dejó dos hijos, toda una estructura de vida. Alguien a quien amar desinteresadamente y la prueba de que el amor, más allá de su viabilidad, existe.
En cambio hay errores que nadie puede imaginar. Cosas que ocurrieron en mi juventud temprana, de las que siempre me queda la duda si hubiesen cambiado mi vida de haberlas hecho bien. A veces lamento la imposibilidad de retroceder el tiempo. La nefasta negación de retomar trenes perdidos. La fatalidad del paso del tiempo.
Hay algo que hubieses querido hacer distinto, papá? Cómo lo manejaste?
De pronto escucho tu respuesta: el estoicismo. Sí, desearía haber hecho tal o cual distinto, y no se puede. Hay que vivir con eso. No es resignación. Es imposibilidad. El tiempo no puede devolverse.
Éste es mi tiempo en el que protagonizo esa afirmación, ese darme cuenta: el tiempo no puede devolverse. El tiempo es finito. La vida es una. Y las cosas no pueden intentarse dos veces.
Debe ser por eso que me encuentro haciendo ajustes, cuentas y tomando medidas. Los científicos dicen que en el cerebro la fórmula química cambia, que las neuronas no transmiten de la misma forma, y que bioquímicamente empezamos a sentir desde el sistema nervioso que estamos en cuenta regresiva, que el final ya es perceptible, que la mitad pasó.
Es entonces cuando sirve haber inventado tanto, haber intentado hasta el cansancio, con éxito, sin éxito, con propósito, sin propósito, con la gente adecuada, con gente equivocadísima, con gente conservadora y con locos de bola. La ciencia, el ocio, el conocimiento, el deporte, el experimento, el invento, el placer, el sufrimiento.
Pero a estas alturas cada decisión bifurca. Cada cosa que se hace es otra que se deja de hacer. Cada compañía es una no compañía, cada momento de estar solo es sacrificar estar con alguien, y cada vez que estás con alguien sacrificas estar solo.
Es un momento en el que, de una manera no vivida antes, la vida importa de manera diferente. Se pone económica. Hacemos lo que importa, en su justa medida. Ya los prejuicios, las categorías y los supuestos deber ser están derribados. El juicio es entre la vida y uno. Entre uno y la vida. Los años son los que quedan, la vida es la que hay, y no hay una segunda oportunidad.
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