Saturday, February 27, 2016

Cocinar y cantar

Que los Beatles eran unos piratas. Así mismo lo dijiste. Que se habían pasado 3 meses en la India y habían venido a grabar un disco con acordes de aquella cultura, cuando había músicos que pasaba años, décadas, tratando de entender la armonía, la lógica melódica y el ritmo de por allá, que era histórica y culturalmente distinto al nuestro. Tenías el saco atado a tu cuerpo sólo por los hombros, sin los brazos metidos en las mangas, como solías estar, casi como un malabarista, durante tus años de professor, que fueron muchos. Y yo, que había quedado como tu alumno aquel semestre, el sexto, lo recuerdo clarito, ese día no pude hacer silencio, rompí mi voto de “no intervenir y pasar inadvertido” en aquella clase. “Tampoco así, papá”, dije sin que pudiera evitarlo, y la clase entera echo a reírse. Aquella clase era nominalmente de radio, pero en realidad era una invitación a estudiar y a vivir. Una invitación íntima, porque tú nunca fuiste de mítines escandalosos. Así lograste que muchos alumnos se te acercaran, y que los que hacían sintonía contigo, guardaran una relación cercana, te vieran mucho más, contaran contigo. De cómo convertir el conocimiento en un entendimiento de la vida, era tu forma de ser académico. Y la música. Siempre te acompañaba la música. En tus anécdotas, en tus ejemplos, en tus citas, en tus parrandas, y en tu propia ejecución: cualquiera reconocía tu virtuosismo en el cuatro. Todavía me asombra que disfrutaras tanto de música y supieras tanto de su historia, teniendo casi ningún contacto con autores o géneros anglos o pop. El universo de la música hispana, folclórica, indígena, criolla, en todos sus géneros, con todas sus historias era un relato infinito cuando te sumergías en él. Improvisabas, interpretabas, seguías, inventabas. Sólo te hacía falta tu cuatro, y un ron. Conocías también de historia musical de la India, africana y académica. Era cómodo para ti hablar de Bach o versar sobre ópera. Curiosamente, si era en inglés, no te interesaba. Además del tema ideológico, que no era explícito, el tema era la comodidad. Nunca te sentiste cómodo en la ostentosidad de la cultura anglófona. Y para ti la vida era como un sofá, a veces injusto o doloroso, pero siempre debía ser un terreno en el que se pudiera andar de mangas de camisa. Por eso lo mismo tocabas y cantabas como cocinabas. Cocinar te fue dado. Tu conocimiento por los alimentos te hacía mezclarlo como si fueran experimentos químicos y los resultados siempre eran fantásticos. Era un espectáculo verte cocinar, siempre vestido, con un cigarrillo prendido esperando en la comisura de los labios, con un vaso de ron cerca y conversa, siembre mucha y buena conversa. En la medida en que pasa los años más trato de que la vida, sea donde sea que uno estés, se convierta en eso, en una sala, en una cocina, en un sofá. Ya suficientemente extraño es vivir como para no vivirlo debidamente atemperado. Estás de acuerdo?

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