Tuesday, January 26, 2016
Agnóstico
Hoy le expliqué a Matías que tú te habías convertido en cenizas, y que tus cenizas estaban muy bien guardadas con una mujer que te amó infinitamente. Pero que, en realidad tú no estabas ahí porque tú no eras tu cuerpo.
Comencé a explicarle esta extraña relación que quedó en mi y que, supongo, especulo, empíricamente, yo, que nos queda a todos los que despedimos a seres entrañablemente queridos.
Que tú has quedado en mi de una forma que no es material y que es inexplicable. Y que en tu nombre a veces decido cosas, discuto conmigo mismo o emprendo un camino y no otro. El amor que nos profesamos como padre e hijo sigue dando frutos en el plano terrenal, está vivo.
Le explique que yo creía que eso era el amor. Una fuerza inexplicable, que atraía y sembraba cosas, que habitaba dentro de nosotros y hacía que compartiéramos espacios. Y que estaba en las parejas, en los amigos, en las familias, en los hermanos. Que se sentía amor por los animales, por las maestras y maestros, por seres que no conocíamos, por sus ideas, por sueños, por la huella que deja cada día.
Le expliqué que el amor nos hace felices. Y que era fácil reconocerlo cada día, en la carcajada con un compinche, en la satisfacción por una tarea hecha, en la euforia de un gol, en la compasión por alguien necesitado.
Y que la razón por la cual sentíamos amor era un misterio, pero que es definitivamente la fuerza que mueve al mundo todos los días.
Y que por eso, yo, no soy ateo sino agnóstico. Porque no reconozco en el mundo objetivo la presencia comprobable de un Dios que nos haya creado ni que nos observe, mucho menos de dimensiones posteriores a la vida terrenal que funcionen como premio o castigo, pero tampoco puedo ejercer la soberbia de desconocer que la vida y sus móviles son un misterio que experimentamos a diario, y que la lógica de esta dinámica nos es, simplemente, inaprehensible.
Así que, así como también nos genera incertidumbre, también puede ser feliz aprender a vivir con el misterio de la vida.
Sé que un marxista jamás le habría enseñado eso a su hijo. Un marxista debe ser escéptico, porque la esperanza supone o suponía un recurso tramposo usado desde el poder, elegido por Dios en tiempos pre-capitalistas.
Pero, más allá de que yo no sea marxista (que en algunas cosas lo sigo siendo), la verdad es que matar el misterio como consecuencia de nuestra lucha con el ilusionismo desde el poder es una diatriba que termina siendo falaz. Destruir una duda para protegernos de un peligro es cambiar una religión por otra, una pseudo verdad por otra pseudo verdad. No crees?
Tuesday, January 19, 2016
Cuentas
Una pregunta, papá: alguna vez, en tus últimos días, semanas, meses, te preguntaste si había valido la pena haber vivido? Nacer, crecer, hacer ese montón de vainas que tú hiciste, amar, tener muchachos, mudarse, luchar, enseñar, trabajar como loco, rumbear… valió la pena? Vale la pena la existencia cuando se mira hacia atrás estando en las últimas? Cómo se siente? Depende de la mirada? Te pareció que tenía sentido pasar por los sufrimientos y las tristezas? Lo que el espíritu alcanza, al final, en esos últimos balcones de la vida, es real? O es un invento del hombre para darle algún sentido a sus días?
Algún día hiciste o te propusiste hacer un balance?
Tengo que confesarte que yo, a mis escuálidos 44 años, a veces lo hago. No sé si es que lo necesito para darme fuerzas, si es una manera de reorganizar mis prioridades o un sincero ejercicio por hacer esfuerzos por lo que realmente vale la pena.
Y los resultados son sorprendentes.
De seguro si estuvieses vivo te los comentaría. Lástima que no envejecimos al tiempo.
He hecho apuestas fantásticas, dichosas, hermosas, llenas de ventura, duraderas en el tiempo. A pesar del enorme sufrimiento que ha significado dejarlas atrás, no me he arrepentido: si no eres feliz, parte. Aunque se diga rápido y se padezca a fuego lento.
Hay una historia que agradezco como la que más. Me dejó dos hijos, toda una estructura de vida. Alguien a quien amar desinteresadamente y la prueba de que el amor, más allá de su viabilidad, existe.
En cambio hay errores que nadie puede imaginar. Cosas que ocurrieron en mi juventud temprana, de las que siempre me queda la duda si hubiesen cambiado mi vida de haberlas hecho bien. A veces lamento la imposibilidad de retroceder el tiempo. La nefasta negación de retomar trenes perdidos. La fatalidad del paso del tiempo.
Hay algo que hubieses querido hacer distinto, papá? Cómo lo manejaste?
De pronto escucho tu respuesta: el estoicismo. Sí, desearía haber hecho tal o cual distinto, y no se puede. Hay que vivir con eso. No es resignación. Es imposibilidad. El tiempo no puede devolverse.
Éste es mi tiempo en el que protagonizo esa afirmación, ese darme cuenta: el tiempo no puede devolverse. El tiempo es finito. La vida es una. Y las cosas no pueden intentarse dos veces.
Debe ser por eso que me encuentro haciendo ajustes, cuentas y tomando medidas. Los científicos dicen que en el cerebro la fórmula química cambia, que las neuronas no transmiten de la misma forma, y que bioquímicamente empezamos a sentir desde el sistema nervioso que estamos en cuenta regresiva, que el final ya es perceptible, que la mitad pasó.
Es entonces cuando sirve haber inventado tanto, haber intentado hasta el cansancio, con éxito, sin éxito, con propósito, sin propósito, con la gente adecuada, con gente equivocadísima, con gente conservadora y con locos de bola. La ciencia, el ocio, el conocimiento, el deporte, el experimento, el invento, el placer, el sufrimiento.
Pero a estas alturas cada decisión bifurca. Cada cosa que se hace es otra que se deja de hacer. Cada compañía es una no compañía, cada momento de estar solo es sacrificar estar con alguien, y cada vez que estás con alguien sacrificas estar solo.
Es un momento en el que, de una manera no vivida antes, la vida importa de manera diferente. Se pone económica. Hacemos lo que importa, en su justa medida. Ya los prejuicios, las categorías y los supuestos deber ser están derribados. El juicio es entre la vida y uno. Entre uno y la vida. Los años son los que quedan, la vida es la que hay, y no hay una segunda oportunidad.
Tuesday, January 12, 2016
Trampa
Alguna vez dudaste, papá? Alguna vez pensaste que amabas y no amabas? Alguna vez pensaste que hacías lo correcto y luego te diste cuenta de que lo correcto era subjetivo y que si hubieses tenido que hacer lo mismo, otra vez, no lo hubieses hecho? Alguna vez renegaste de donde viniste? De tu familia? De tus ancestros? De tu origen? De tu nacionalidad? Alguna vez llegaste a pensar que tu vocación en lugar de social era ser cocinero? O roncero?
Siempre te sentí tan íntegro. Tan pleno con lo que eras. Tan cómodo en tu piel. Tan sin otra ambición que ser como eras, parco frente a lo desconocido, dulce con tus afectos. Tan modesto. Tu humildad te hacía llegar muy lejos. Nada te frenaba. Vivías como si no tenías nada que perder.
Y desde un punto de vista era sabio. Eso te hizo libre. A los 15 años conspirabas contra la dictadura. Y antes de los 20 estabas tramando la lucha armada. Luego hiciste lucha sindical. Te hiciste académico. Investigador. Escritor. Tuviste programas. Te especializaste en lo comunitario, en lo agrícola. Hiciste tantas elecciones como quisiste.
Nada pareció detenerte nunca. Porque tú no estabas compitiendo con nada ni con nadie.
Fuiste fiel a todas tus proezas. Hasta que terminaban. Así fuiste con tus amores. Te entregaste por completo a cada una de las mujeres que amaste, hasta que la historia terminaba. Entonces recogías velas. Y te ibas sin llevarte nada. A recorrer otro sendero.
Nunca dudaste? De sufrir sé que lo sufriste. La gente libre se hace responsable de su dolor. Y eso siempre lo tuviste claro. Nunca te victimizaste. Nunca quisiste que nadie pagara el dolor que tú habías decidido tener. Esa era tu decisión: seguir aunque te dejara una herida.
Nunca pensaste que pudiste haber vivido con más paz, más cómodo? Me lo pregunto ahora porque en vida nunca te vi insatisfecho. Cuando sentías insatisfacción, lo solucionabas: te ibas. Ni la dependencia, ni el dinero, ni el trabajo, ni la vivienda, ni un hijo, ni la seguridad te detenían.
Yo en cambio he sido siempre un tipo mucho más frágil. Frente a ti lucía como que me las sabía todas. A eso tú me impulsabas. Pero la verdad es que todos los grandes hitos de mi vida los he pasado caminando hacia adelante con medio cerebro mirando lo que acabo de dejar. Repensándolo, deseando recoger los vidrios que quedaron rotos. Extrañando. Deseando vivir en varios tiempos. A mi me cuesta dejar. Me pesa que el tiempo se vaya. Que haya gente que ya no esté en mi vida. Si fuera mito griego me hubiese convertido mil veces en sal de tanto mirar atrás.
Con la misma, como tú, me río con frescura con lo que viene. Tengo devoción por estar vivo. Despertar es una delicia. Es un milagro inexplicable, sin sentido, que de pura gratuidad tenemos que disfrutar.
Pero dar pasos me cuesta. Lo sé porque los doy. No me quedo. Pero los padezco. Desde que me fui de Venezuela, hace década y mucho, no ha habido día en que no me pregunte si volveré, cuándo, si la misión de mi vida no estaba allá.
Cuando era chico y renuncié a mi primer amor, me decía a mi mismo que por la libertad debía renunciar a una mujer que desde ya sabía irrepetible. No estudié Letras pensando en lo viable que era estudiar Comunicación y me quedé, si no arrepentido, dudoso siempre de esa decisión. Nunca quise ser tan periodista como cuando trabajo en televisión, ni extraño tanto la ficción y el entretenimiento como cuando trabajo en prensa.
Conocí los ataques de pánico cuando me divorcié, y nunca fue tan solitaria la noche como cuando terminé de caer en cuenta que mis hijos no dormirían siempre conmigo.
Aún así, me la vivo viendo el futuro. Respiro optimismo nada más de saber que, por mucho que nos empeñemos, nunca sabremos lo que vendrá. Pero suelo andar dicotómico, mi naturaleza es la interrogante, lo relativo, lo no absoluto, y te recuerdo tan llano, tan las cosas son como son, que me pregunto si no sentiste alguna vez el rigor de no saber, una encrucijada que te hubiese dado una vida u otra, una decisión que hubiese torcido el camino o que lo hubiese dejado permanecer tal como estaba hasta el final.
Esta noche cuando conversemos te lo voy a preguntar. Francamente me parece una trampa tu lucidez. Esa que a todo el mundo abismaba.
Wednesday, January 6, 2016
Sin sueños
El mundo es cabrón, papá. La valentía que tuviste para meterte en una montaña, luchar contra la dictadura, aguantar torturas sin hablar y terminar prestando todos tus conocimientos a una revolución de la que después no podías creer que estuviera llena de ladrones, se ve muy poco. Cada vez menos.
Este planeta está cada vez más lleno de humanos que se aceptan como son. Tentados, inescrupulosos, primitivos. Los ciudadanos se entregan a las leyes, las normas, los usos, para que hagan por ellos lo que debería depender de su conciencia. Hay candidatos presidenciales que confiesan con desparpajo que usan las leyes para enriquecerse. Mafiosos que violan la ley y la naturaleza de un gobierno para hacer su voluntad, atropellando la libertad de su prójimo.
La Historia toda se burla ya de aquel hombre nuevo que tú y millones enarbolaron. En su nombre, se asesinó, se acalló, se robó, se mintió. Decenas de países tuvieron tapeada una era con el subterfugio. Pero esa creencia no ha sido sustituida.
La idea de transformarnos en una especie mejor no mutó en una nueva creencia, en una nueva legión, en un nuevo sueño. Los seres humanos ya no soñamos con hacer de la especie una versión inédita.
A contraprestación, la honestidad nos permite movernos en el mundo de lo posible. Nos engañamos menos, hay menos charlatanes. Los hay, pero tienen menos espacios. Aquel escapismo mágico que nos inspiraba a dar la vida por un ideal, ha dejado de existir.
Los soñadores de hoy, a veces, son mequetrefes que aprendieron a encender en los demás una utopía hueca, llena de resentimientos, con ideas militaristas, socialistas, primitivas y resentidas al mismo tiempo. Otros, eficientes y pragmáticos, han sido capaces de mejorar el mundo desde sus centros de poder con valores específicos: luchando contra el racismo y por la justicia social, en la medida en la que sus mercados y sociedades se lo permiten.
De pronto me doy cuenta de lo duro que debió ser el mundo para ti en los últimos años al ver que aquella idea de la revolución, ese sueño que un día permitiría que todo fuera distinto, se fuese eclipsando.
En estos tiempos, los optimistas son lo más cercano a un soñador. No reconocer nuestras limitaciones es de tontos. Pero es también un duelo, infantil quizás, pero duelo al fin. Es una sociedad que ha dejado de ser infante. O, para ser menos romántico, un mundo que se ha quedado sin religión política.
En el mundo en el que vivimos el trabajo no es ya la herramienta de un poderoso para hacerse rico. Entendimos que todos somos parte del mercado, y que la pobreza no es superable sin oferta y demanda. Sólo desde allí es posible luchar por tus derechos. Y por los derechos de los que están en desventaja, pueden nacer en desventaja, o la vida en una circunstancia los jode.
Pero el discurso según el cual una visión redentora salvaba a los desposeídos del mundo, se venció. Simple y llanamente porque eso limitaba las responsabilidades y capacidades de los individuos respecto a su propio destino, y terminaba dándole a los redentores un poder sobre sus seguidores, tan o más ignominioso que los del capital sin legalidad.
Total que nos hemos ido quedando sin absolutos. Ya casi no hay verdades totalizantes. Incluso las conclusiones más básicas de Marx están cuestionadas.
Si pudiera invitarte hoy a tomarnos una cerveza te preguntaría qué vamos a hacer ahora con tanta ausencia de Dios. Tú al menos tuviste la experiencia de vivir una etapa en la que dar la vida valía. Y, lo mejor, lo hiciste. Yo, en cambio, crecí teniendo nostalgia de aquella (y mejor, no sé si tenía la valentía), y ahora que entiendo un poco más el momento del mundo en el que me ha tocado vivir, me parece todo tan plano.
Hay belleza, sí. La simplicidad tiene su encanto. Pero es muy difícil sustituir la emoción de apostarle la vida a lo desconocido. Luchar por un misterio que suponemos bueno…
Mientras te hablo casi siento que los niveles de creencia tenían tan poco sustento en la realidad que podemos describirlo dentro de un capítulo de la sociopatía. Y parece humoroso, pero… tú sabes cuánto de tu vida sacrificaste por hacer que el mundo fuera mejor, papá?
De seguro desde fuera no puede saberse todo lo que debes haber sentido al elegir lo que elegiste. Pero sí se adivinan las posesiones más naturales de un hombre sin las que te quedaste: el amor, el hogar, tus hijos.
Después de la caída de Berlín, muchos piensan que millones de vidas se perdieron tratando de construir un hombre nuevo que jamás llegó y que, por el contrario, edificaron regímenes tan o más monstruosos que el mundo contra el cual luchaban.
Pero yo no estoy de acuerdo. Cada vez que decidimos hacer justicia por el bien del prójimo, o pasar un momento desagradable para decir una verdad que necesita ser dicha… cada vez que nos arriesgamos a perder el trabajo para opinar por un asunto ético… cada vez que estamos en desacuerdo porque lo que se ha decidido atropella a un individuo, el mundo mejora, se tuerce un poquito, le agregamos opciones a quien sólo ve una que daña alguien.
Mucho de eso se quedó. Estaba en esta idea revolucionaria de vivir para que otros estuvieran mejor. Una idea que ustedes trajeron a la civilización sin que dependiera de un Dios redentor. Era la vida para hacerle la vida mejor a los demás, sin esperar un premio después de la vida.
Recuerdo el día que me dedicaste tu libro sobre la historia de la radio en Venezuela. Con la seguridad, decía, de que en estas líneas encontrarás un esfuerzo por hacer un mundo mejor.
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