Tuesday, January 19, 2016
Cuentas
Una pregunta, papá: alguna vez, en tus últimos días, semanas, meses, te preguntaste si había valido la pena haber vivido? Nacer, crecer, hacer ese montón de vainas que tú hiciste, amar, tener muchachos, mudarse, luchar, enseñar, trabajar como loco, rumbear… valió la pena? Vale la pena la existencia cuando se mira hacia atrás estando en las últimas? Cómo se siente? Depende de la mirada? Te pareció que tenía sentido pasar por los sufrimientos y las tristezas? Lo que el espíritu alcanza, al final, en esos últimos balcones de la vida, es real? O es un invento del hombre para darle algún sentido a sus días?
Algún día hiciste o te propusiste hacer un balance?
Tengo que confesarte que yo, a mis escuálidos 44 años, a veces lo hago. No sé si es que lo necesito para darme fuerzas, si es una manera de reorganizar mis prioridades o un sincero ejercicio por hacer esfuerzos por lo que realmente vale la pena.
Y los resultados son sorprendentes.
De seguro si estuvieses vivo te los comentaría. Lástima que no envejecimos al tiempo.
He hecho apuestas fantásticas, dichosas, hermosas, llenas de ventura, duraderas en el tiempo. A pesar del enorme sufrimiento que ha significado dejarlas atrás, no me he arrepentido: si no eres feliz, parte. Aunque se diga rápido y se padezca a fuego lento.
Hay una historia que agradezco como la que más. Me dejó dos hijos, toda una estructura de vida. Alguien a quien amar desinteresadamente y la prueba de que el amor, más allá de su viabilidad, existe.
En cambio hay errores que nadie puede imaginar. Cosas que ocurrieron en mi juventud temprana, de las que siempre me queda la duda si hubiesen cambiado mi vida de haberlas hecho bien. A veces lamento la imposibilidad de retroceder el tiempo. La nefasta negación de retomar trenes perdidos. La fatalidad del paso del tiempo.
Hay algo que hubieses querido hacer distinto, papá? Cómo lo manejaste?
De pronto escucho tu respuesta: el estoicismo. Sí, desearía haber hecho tal o cual distinto, y no se puede. Hay que vivir con eso. No es resignación. Es imposibilidad. El tiempo no puede devolverse.
Éste es mi tiempo en el que protagonizo esa afirmación, ese darme cuenta: el tiempo no puede devolverse. El tiempo es finito. La vida es una. Y las cosas no pueden intentarse dos veces.
Debe ser por eso que me encuentro haciendo ajustes, cuentas y tomando medidas. Los científicos dicen que en el cerebro la fórmula química cambia, que las neuronas no transmiten de la misma forma, y que bioquímicamente empezamos a sentir desde el sistema nervioso que estamos en cuenta regresiva, que el final ya es perceptible, que la mitad pasó.
Es entonces cuando sirve haber inventado tanto, haber intentado hasta el cansancio, con éxito, sin éxito, con propósito, sin propósito, con la gente adecuada, con gente equivocadísima, con gente conservadora y con locos de bola. La ciencia, el ocio, el conocimiento, el deporte, el experimento, el invento, el placer, el sufrimiento.
Pero a estas alturas cada decisión bifurca. Cada cosa que se hace es otra que se deja de hacer. Cada compañía es una no compañía, cada momento de estar solo es sacrificar estar con alguien, y cada vez que estás con alguien sacrificas estar solo.
Es un momento en el que, de una manera no vivida antes, la vida importa de manera diferente. Se pone económica. Hacemos lo que importa, en su justa medida. Ya los prejuicios, las categorías y los supuestos deber ser están derribados. El juicio es entre la vida y uno. Entre uno y la vida. Los años son los que quedan, la vida es la que hay, y no hay una segunda oportunidad.
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