Tuesday, February 9, 2016
Legados
Lo tengo presente como si me lo hubiese leído ayer: en el libro “La montaña es algo más que una inmensa estepa verde”, que me regalaste durante aquellos años en los que yo no desperdiciaba oportunidad para preguntarte por tus años en la guerrilla, había un pasaje (es un libro pesado como la experiencia pero su testimonio es tan valorado que ha trascendido generaciones) en el que su protagonista de pronto confesaba cómo, cuando pasaban semanas y él y sus compañeros estaban recluidos en un monte lejano de Nicaragua, en una montaña o en un territorio perdido -en el que a veces también estaban perdidos ellos-, esperando provisiones o refuerzos, el tiempo se hacía de una relatividad enorme.
Los guerrilleros perdían la noción del impacto de lo que hacían. El para qué se esfumaba en aquellos campos baldíos de vida urbana, en el que Marx y la lucha de clases parecían una especie alienígena.
Había algo de sabiduría en aquella duda revolucionaria, que para cualquier estalinista habría sido suficiente para un fusilamiento. Las verdades se diluyen. Las significaciones no tienen el mismo valor aquí o allá.
Te tengo una noticia, padre: no habrá revolución. Hubo unos hombres que se montaron en el poder decretando que eran revolucionarios y que su forma de mandar era revolucionaria. Pero revolución no hubo. No la hubo en Venezuela, ni en Cuba, ni en Nicaragua, ni en Rusia, ni en Checoeslovaquia, ni en Yugoslavia, ni en Chile: no hay hombre nuevo, no podemos regenerarnos por decreto, el hombre no es un asunto de voluntad.
Y te lo cuento con tristeza, y a la vez te lo digo con alivio. Es un camino por el que no tenemos que buscar más. No se trata de que los hombres que lleguen al poder sean honestos, ni de que la población del país en el que se instaure una revolución sea decente o educada. No es tema de geografías, culturas, idiomas o historias. Es la condición humana, que es indómita, y no se deja imponer eternamente patrones que no les sean orgánicos.
Las sociedades pueden mejorarse, claro que sí. Si no hubiese sido por ustedes, los hombres que durante todo el siglo XIX y XX se levantaron pidiendo que además del “progreso”, la prosperidad y la innovación, se considerara al ser humano y su condición, a veces desventajosa, a veces injusta, a veces frágil, el planeta sería aún más selvático de lo que ya es.
Con el arte de sobrevivir, que es lo que nos sigue liderando, puede acompañaros el bien de la solidaridad, la compasión del Estado, la igualación de las condiciones mínimas. Que si los humanos vinimos a competir, al menos no sean solo algunos quienes tienen las manos atadas.
Valió mucho entenderlo. Costó heridas, vidas, errores, choques, distrofias culturales. Aún en Estados Unidos algunos piensan que construir un sistema de salud disponible para todos en un disparate, imagínate.
Pero vamos progresando. Ya nadie pone en duda que pasar hambre está mal y que la educación debe ser para todos. Cuando tú naciste el orbe era así de miope. Así que te lo debemos. A ti y a millones como tú, que dieron su vida por un mundo mejor.
Por cada tortura a la que te sometiste sin soltar prenda. Por cada uña del pie extraída. Por cada corrientazo de electricidad. Por cada paliza. Por cada pensamiento en nombre de la libertad. Por cada apuesta por el conocimiento. Por cada vez que te levantaste en contra de la dictadura. Y por cada vez que te preguntaste en el monte qué hacías ahí, en esa dimensión desconocida del espacio y el tiempo, no menor que tus años de cárcel.
No amaneceremos un día y veremos al ser humano con valores enteramente cartesianos, como si se tratara de una nueva especie. No había una gran conspiración propulsando que fuéramos tontos útiles. Pero sí podemos tener todos herramientas para luchar por un mundo más justo. Ustedes nos han legado el derecho a procurar que nosotros y nuestro prójimo ganemos lo que merecemos, seamos tratados con respeto, entre todos aportemos para darle educación a nuestros hijos, limitemos la violencia, pongamos linderos al poder.
La ciudadanía, este concepto fantástico que viene del mundo liberal y de los valores de la izquierda tradicional, hace coincidir en los hombres sus mayores y mejores fuerzas libres e individuales con los valores y la conciencia más amplia de que forma parte de un colectivo al que se debe y el que no le debe ser indiferente.
Creo que ahora te estoy durmiendo yo a ti. Así que me vuelvo a acostar. Gracias de todos modos por lo que me dejaste.
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